El azúcar es costoso. La vainilla es una señal.
Lo llamamos «El Efecto Vainilla», pero el término técnico es Realce de Dulzor Inducido por Aroma (AISE).
Es una de las pocas veces que podemos engañar legalmente al cerebro.
Aquí está la neurobiología: Tu cerebro no solo saborea con la lengua. Integra señales en la Corteza Orbitofrontal. Debido a que hemos pasado décadas combinando vainilla con helado y pasteles, el cerebro crea una «asociación hebbiana».
Hueles vainilla, esperas azúcar.
Los datos también lo respaldan:
Agregar solo un 0.2% de sabor vainilla permite una reducción del ~25% de sacarosa sin caída en la percepción de dulzor.
El olfato retronasal llena el vacío sensorial.
Pero aquí está la realidad.
No puedes simplemente cortar el azúcar y agregar el sabor. El azúcar es un agente de volumen. Aporta viscosidad.
Si quitas el azúcar, el producto se siente «delgado». Y cuando un producto se siente delgado, el cerebro reduce la intensidad del sabor percibido (la interacción viscosidad-gusto).
Así que la estrategia de formulación es un proceso de dos pasos:
Activar la ilusión: Usar un aroma congruente como Vainilla (o Fresa) para potenciar la señal de dulzor.
Reconstruir el escenario: Usar Dextrina Resistente o hidrocoloides para restaurar la sensación en boca, o el aroma se desvanecerá.
Dejamos de ver los ingredientes solo como «sabores». Empezamos a verlos como detonantes cognitivos.